Venime a hablar de libre albedrío

Estaban allí antes que llegáramos.
A los diez minutos de irse quiénes nos dieron las llaves del lugar, se deslizaron por entre los troncos y asomaron las cabezas. Mezcla de gato montés y gatita de su casa, ronronearon apenas vernos y se restregaron encantados contra nuestras piernas.
Sacamos los almohadones de los sillones de afuera, tomaron asiento y esperaron codo a codo la caída del sol.
Llegó la leche tibia, la cáscara del queso, pedazos de carne hechos a las brasas. Abrimos la puerta y estaban del otro lado. Festejaban el reencuentro, lleváramos o no algo para comer entre las manos.
Cayó la noche helada sobre la sierra, supusimos que el paraíso para ellos sería pasarla junto al fuego. Pero ellos pensaban otra cosa.Eligieron estar bajo cero pero sueltos.
Hace años mi padre me contó una historia sobre un perro. Que vivía en una casa lujosa, pero un día se escapó y comenzó a pasar días y noches en las calles. Un día se cruzó con su dueño. El perro estaba hecho un asco de sucio y bastante más flaco. Feliz de la vida de trotar por su cuenta y hacer suyo el mundo. El dueño, sin reconocerlo, lo miró y exclamó:
- Pobre animal! Qué vida indigna!- sacó su arma y lo mató.
Según su ley, era mejor morir que vivir en esas condiciones.
Pensándolo bien, de historia para niños nada. Por algo no me la olvidé nunca…
El concepto de felicidad, de vivir bien, las prioridades, son tan personales, tan propias. ¿Quién puede juzgar si la vida que lleva otro es digna o indigna de ser vivida? ¿Cuáles son los parámetros? Y no estoy hablando de cuando no se puede elegir, sino de cuando sí se puede.
Mirando a los gatos por la ventana, desde mi lugar de abrigo, los admiro. Veníme a hablar de libre albedrío…

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